
Metacognición Final. Nuevas reflexiones de nuestra compañera Maite Schneider
METACOGNICIÓN FINAL
¿QUÉ HE APRENDIDO Y CÓMO LO HE APRENDIDO?
Esta es la gran pregunta que solemos pedir que respondan nuestros alumnos tras cada situación de aprendizaje y ésta es la cuestión de mi reflexión de hoy.
No quiero caer en la tentación de responder sin más a la doble pregunta, compartiendo en estas líneas lo que, a nivel personal y profesional, he aprendido yo este año. Posiblemente, eso daría para algunas páginas más.
Hoy me quiero detener en ese momento de la “metacognición final” y su importancia. El momento de la “parada” para mirar atrás, detenernos para masticar de nuevo lo aprendido y tomar conciencia de que nuestros “poros” están bien abiertos para seguir enlazando conocimientos y construyendo aprendizajes. Evidentemente, esta conciencia no la tiene el alumno a priori. Hay que ir trabajándola con ellos, como el resto de los aprendizajes.
A mí no tienen que convencerme de que la reflexión continua sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos, forma parte del aprendizaje de cualquier materia. Soy una promotora de esa reflexión desde el convencimiento que me da la experiencia con mis alumnos. Pero hoy quiero pensar en voz alta sobre este ejercicio que hacemos en nuestras clases y que, a veces puede, simplemente por haberse convertido en rutina, perder su fuerza.
Grandes profesionales y comunicadores del mundo de la Educación, basándose en estudios de la Neurociencia y en su experiencia docente, afirman que la incorporación de nuevos conocimientos se apoya sobre la base de los conocimientos que ya poseemos. Y cuando estudiamos cómo funciona la memoria, los expertos dicen que nuestro cerebro construye las nuevas redes de conexiones neuronales, los nuevos recuerdos, sobre la base de los que ya tiene. Y, además los nuevos aprendizajes enriquecen las redes existentes. Es decir, vamos añadiendo piezas abiertas a un puzle mental. Piezas que seguirán facilitando de esta forma, el encaje de nuevas piezas y ampliando así un paisaje fascinante. Tan fascinante que nos irá convirtiendo a cada uno en expertos en algunas materias y en ávidos aprendices de todo aquello que queramos aprender. Nuestro cerebro construirá así a lo largo de su vida un paisaje personal y único, ¿no es alucinante?
Me pregunto si tal vez, debiéramos añadir una segunda o tercera cuestión a esa metacognición final de cada situación de aprendizaje y además de responder a “¿Qué he aprendido y cómo lo he hecho?”, podríamos pensar en los errores cometidos y lo aprendido de ellos. Tal vez sería un matiz interesante.
Leyendo uno de los últimos libros escritos por Eduardo Sáenz de Cabezón, matemático, profesor y gran comunicador y divulgador científico, me encontré con esta frase: “El error es un aliado fundamental del aprendizaje del que muchas veces no sacamos partido” (de su libro “Invitación al aprendizaje”). Es por esta razón tan importante a la que hace referencia el profesor Sáenz De Cabezón, que una buena metacognición personal y también grupal, debe hacer alusión a los errores en nuestro aprendizaje y acompañarlos de una retroalimentación bien orientada, con el fin de mejorar el proceso de dicho aprendizaje y ayudar a nuestros alumnos a madurar.
No hay que tener miedo a los errores. Yo diría que hay que tratarlos con cariño, porque quizá en la mayoría de las ocasiones son nuestros mejores aliados, incluso en la elección de los caminos de nuestra vida. Cuántas veces habremos pensado: “si no llega a ser por aquel error que cometí o por aquella elección fallida que hice en aquel momento,
no hubiera llegado hasta aquí, o no te hubiera conocido, o no tendría este trabajo o, simplemente, no hubiera aprendido esa lección fundamental de mi vida.” Pero no es menos verdad, que esta reflexión llega con el paso del tiempo y con la experiencia. Así que: ¡ Bienvenidos los errores! Saquémosles partido como docentes.
Aquí va mi metacognición final personal de este curso:
He vuelto a constatar que el aprendizaje es poliédrico. Tiene muchas facetas, colores y melodías que en cada persona lo hacen distinto y único. Por esa razón, es difícil a veces evaluar fielmente lo que un alumno ha aprendido. Esta acción tan asidua de evaluar a un alumno, requiere mover el objetivo de nuestra cámara para enfocar más individualizadamente y esto es muy complicado.
He comprobado una vez más que mis alumnos siempre me sorprenden y que la clave está en aprender con ellos, junto a ellos, codo con codo con ellos.
Nunca un curso es igual a otro, incluso aunque tus alumnos sean los mismos del año anterior. Las experiencias vividas son distintas y, por lo tanto, cada día puede haber nuevos descubrimientos y nuevos aprendizajes que celebrar con ellos.
He comprobado que cuanto más aprendes, más consciente eres de todo lo que no sabes y este aprendizaje te otorga una humildad tan real, que sigue llenando tu vida de curiosidad por aprender y de alegría al compartir con otros lo que vas aprendiendo. Aprender se convierte entonces en un placer, porque lo eliges tú.
Me he dado cuenta de que hay cosas que sólo se aprenden por “vivencia”. Son aprendizajes que se convierten, como diría una amiga mía en “tesoros del corazón”. Son aprendizajes que te hacen crecer por dentro al hacerte consciente de tu fragilidad ante situaciones complejas, pero también saca a la luz tu fortaleza y hace visible el amor de los que realmente se preocupan por ti, seres de luz que alumbran tus momentos de oscuridad.
Finalmente diré que he cometido errores. No tengo dudas. Posiblemente en aquellas ocasiones en que he pensado más, al diseñar, en “cómo enseñar yo mejor” que en “cómo aprenderán mejor ellos” y en todas las veces en que me ha preocupado más lo que había que terminar, que lo que habíamos aprendido y había que celebrar. Por supuesto, todas las veces en que no he acertado con la herramienta o con la metodología con algunos alumnos. Todo esto me sigue ayudando a aprender.
Y me quedo, para concluir, con la pregunta intermedia “¿Cómo he aprendido?:
Lo he hecho, observando, escuchando, leyendo en los libros, pero también y sobre todo, en los ojos de los que cada día tengo tan cerca y llenan de energía el aula en la que compartimos la vida. No hay mejores situaciones de aprendizaje que aquellas que surgen en el aula, en medio del sonido propio de un grupo de niños que ríen o se enfadan o te confían sus inseguridades y sus miedos, disfrazados a veces de dolor de tripa o de no saben muy bien qué. Se trata de estar siempre preparado para “cazar momentos al vuelo” que sirvan de aprendizaje para todos y que surgen o preparas, pero que se quedan igualmente entre esos recuerdos de los que hablábamos antes y que forman la base de anclaje de nuevos recuerdos.
Asumir los errores y hacer un esfuerzo por comprenderme a mí misma en cada situación real de aprendizaje que la vida me pone en el camino, es un reto interesante que me
llevará a comprender mejor a mis alumnos y sus circunstancias y en la medida de lo posible, ayudarles a aprender.
Enseñar ya no es cuestión de proporcionar datos que a modo de boomerang pretendemos que vuelvan a nosotros preguntando a los alumnos. Enseñar es abrir ventanas para que ellos busquen, profundicen y proyecten su curiosidad. No es fácil. Supone proporcionarles herramientas para construir el puzle de sus conocimientos. Enseñar a pensar en base a esas herramientas, entre las que se encuentra la que nos ocupa hoy: la reflexión, la metacognición.
Enseñar a veces es sembrar dudas, haciendo que el alumno se haga preguntas. Cuando no hay lugar a dudas, no hay espacio para respuestas. Dudar invita a buscar respuestas. La duda como potenciador de la investigación y afianzador del conocimiento y no como potenciador de inseguridades, ayuda a aprender cosas nuevas. También en mi metacognición final del curso hay lugar para las dudas. Porque en muchos momentos sientes que todo va cambiando demasiado deprisa y no te da tiempo a adaptarte a los cambios.
Está claro que cuando te apasiona lo que haces, nunca es suficiente con lo que haces y te llevas a casa cada día algo un poco extraño de explicar, un “cansancio feliz”.
Pero la prueba del algodón es la ilusión. Si sigue ahí después de todas las circunstancias, si permanece, a pesar del cansancio, las dudas y te sigue empujando y dibujando una sonrisa cada mañana, está claro que no te equivocaste de profesión.
Maite Schneider.